Sobre la poesía de Jorge Carrera Andrade (“Vallejo & Co.”)

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Presentado como candidato al Nobel en 1976, Jorge Carrera Andrade* es una de las voces más significativas de la poesía latinoamericana contemporánea. Poeta, ensayista, traductor y periodista, ejerció una intensa actividad como diplomático, viviendo por largos períodos en Francia, Alemania, España, Japón y Venezuela. En 1946, para no sentirse cómplice de la dictadura, renunció a un nuevo encargo diplomático y empezó a trabajar en una agencia publicitaria; no obstante, siguió colaborando con diversos periódicos de Caracas. Enseguida recibió muchos encargos por las Naciones Unidas, tuvo conferencias en la Universidad de Columbia-E.E.U.U., y fue embajador de su país en Nicaragua. Algunos años después, en 1969, abandonó la carrera diplomática como protesta contra el nuevo régimen militar.

A pesar de sus numerosos viajes, y de sus largas estancias al extranjero, Carrera Andrade siempre mantuvo una ligazón muy fuerte con su tierra, cuyo color parece acompañarlo en todos los lugares en los que vivió, junto a la nostalgia de un mundo en una rápida y constante metamorfosis, al cual él asistió con la mirada atenta de quien sólo se aleja para volver, y con la dolorosa participación en la suerte de una antigua civilización que el poeta conoce y reconoce, sueña, evoca, por la cual se bate y que sigue queriendo, más allá de todas las durezas y las contradicciones creadas por la llegada de la modernidad.

Entrar en un poema de Jorge Carrera Andrade, dejándose transportar por sus versos, significa olvidarse, olvidar el tiempo del reloj, la ciudad que se arremolina al exterior. Progresar a través de estas páginas significa adentrarse en un territorio puesto fuera del espacio y del tiempo que conocemos, que nos solicita aguzar la mirada, alertar todos nos sentidos, respirar a fondo. Porque la palabra de Andrade, el verso de este “forastero perdido en el planeta”, “ciudadano del aire y de las nubes”, “emisario de la altura”, se mueve como un radar para descubrir todo lo que pasa inobservado, todo lo que se queda escondido, amenazando de ser pisoteado. Luego, como una lupa, la mirada del poeta se detiene sobre cada detalle, lo dilata, ofreciéndolo a la mirada del lector, para revelar su verdadero color y su perfume, sacando la pulpa, la esencia. La de Andrade es una poesía que se mezcla con las cosas, que se vuelve cosa, logrando encarnarla.

La poesía de este “Capitán del color”, “amigo de las nubes” es un espléndido himno de amor a la belleza y a la vitalidad de la naturaleza, que el poeta observa, explora, secciona, pinta en todos sus múltiples matices, en todos sus claroscuros más borrosos. Cada pequeño detalle del paisaje que Andrade describe ―y que quiere defender de la amenaza del progreso― se revela ennoblecido, agrandado, devuelto doblemente vivo y presente. Nada se sustrae de la atención del ojo del poeta, que se detiene sobre los frutos, las plantas, las flores, las piedras, las rocas, los animales ―de las golondrinas a los mosquitos, del colibrí a la tortuga, de la gaviota al moscón, de la lagartija al topo― cuyos olores el lector puede aspirar; cuyas formas y colores que el lector puede ver, casi siguiendo sus perfiles, casi advirtiendo su consistencia. sigue